Lo vi ahí tirado, inmóvil, con su ropa rota, y el rifle a la espalda... ni siquiera parpadeaba, solo miraba al frente con una sonrisa burlona; el pecho no se le movía al respirar (si respiraba)y tenía arañazos en la cara.
Y me asusté.
Mi primer impulso fue pisarlo: caminé hacia él con paso decidido y levanté la pesada bota que llevaba en el pie, para dejarla caer sobre su minúscula mano.
Me cagué.
Antes de si quiera tocarlo retiré el pie. Lo miré fijamente a los ojos y escupí unos centímetros a la derecha de su cara.
No se movió.
De repente esa cara bacilona me llenó de rabia. Sentí como me empapaba de cólera y pegué un grito mientras clavaba el culo de mi rifle justo delante de él.
No se asustó.
Me quedé mirándolo fijamente y lo insulté. Lo llamé maricón, que es lo que es, un pedazo de maricón.
Pegué patadas en la arena, al rededor de su cara, a ver si así se movía, pero ni el escozor de la arena en sus ojos hizo que se moviera.
Maldito.
Cuando estaba pensando en cómo hacer que se moviera, oí un ruido de un walkie-talkie a mi derecha y me giré.
Ahí estaba otro. Misma ropa, mismo arma.
Me acerqué a él, todavía con el peso de la rabia y el enfado sobre mis hombros. Pesaban más que el arma.
Me puse delante de él y le apunté a la cara, sin bacilar le dije que contaba a tres y que si no se movía le dispararía.Quité la seguridad de mi arma y conté muy lentamente a tres, cuando terminé de decir la palabra tres grité: "¡BBOOOOOOMM!".
Y no se movió, ni yo tampoco.
Me quedé ahí, abrum

ado, sin saber qué hacer. Me entró un escalofrío de vergüenza y me puse rojo del enfado. Me di la vuelta y caminé en dirección a los soportales del cubículo del baño.
Por el camino estaba ella, con sus dos trapos que hacen de ropa y sus cientos de heridas, infectadas por culpa de las jeringuillas que usa para drogarse.
Estaba agachada, algo se le había caído, pero también estaba tan inmóvil como los otros dos.
Me acerqué hasta estar lo suficientemente cerca de ella y le susurré al oído una cosa que habría hecho que cualquier mujer se diera la vuelta para abofetearme; pero ella no se movió.
Noté un brillo en sus ojos, burlón, como el de los otros dos.
Y me volvió a invadir la ira. Levanté la mano para cubrir su cara con ella y cogí impulso.
Pero no pude hacerlo, me controlé.
Mientras la miraba con asco no hacía más que pensar. Pensar qué estaba pasando, cómo me podía estar ocurriendo eso a mi, el más duro de todos, el más inteligente... a la ira la sustituyó la desesperación.
Me acerqué a tres niños más y con cada uno de ellos me un buen rato.
Necesitaba que se movieran...
Me alejé del último y miré desde ese ángulo todo el panorama: un montón de niños inmóviles, todos con un brillo especial en los ojos y algunos con una sonrisa.
Me volví a asustar, pero esta vez fue pánico lo que sentí...todas esas miradas, esas sonrisas me pusieron los pelos de punta...
Salí corriendo hacia el fondo del descampado, corrí con todas mis fuerzas y sin mirar atrás ni una sola vez, hasta que llegué a la pared.
Miré una última vez antes de apoyarme con los brazos en la pared. Intenté calarme bien de esa oscuridad que daban mis brazos y respiré todo lo hondo que pude.
Me calmé y maldije cien veces a los niños.
Por fin, me rendí y grité:
-¡¡¡UN DOS TRES, AL ESCONDITE INGLÉS, SIN MOVER LAS MANOS NI LOS PIES!!!
Esa fue la primera vez que perdí jugando al Escondite inglés.
________________________________________________________________
Lunática para la comunidad (y para Mendiguren que es mi fiel más fiel (L) )